miércoles, 9 de marzo de 2016

Rutinas

Estaba enamorada de la soledad
hasta que un día llegaste
y me buscaste sin preguntar nada
y me hiciste escuchar la lluvia
acostada en tu pecho
con mis labios en tu cuello
y los tuyos en mi frente
y mis manos en las tuyas,
tu voz al compás
de las gotas sobre el suelo;
ya nunca fue igual,
ni la lluvia
ni la soledad.

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