martes, 26 de mayo de 2015

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 No somos ni esto ni aquello, ni una cosa o la otra. No somos siempre débiles, ni siempre fuertes. Variamos. O somos depende qué, depende quién, depende cuánto, depende cuándo, depende dónde. El agua a veces vence al fuego, pero también muchas veces, el fuego vence al agua. Siempre catalogamos, o etiquetamos cosas, cuando no son solo eso, ni siempre eso.
 Una o varias hojas pueden deshacerse en un balde con agua, pero un cepillo de pelo, por ejemplo, no. Eso no significa que el agua sea muy débil, o el cepillo muy resistente. Una piscina olímpica tampoco deshace un ladrillo, pero un tsunami es capaz de destruir casas enteras, ciudades.
 Regar una planta está bien, pero cuando hay lluvias extensas, se ahoga, no fue la intención de la lluvia arruinar este ser, pero a veces su naturaleza puede más, no puede controlarse. Tampoco cuando no puede venir, no es su idea arruinar cosechas, secar más plantas, simplemente no puede.
 El fuego arde, quema, mata. El agua puede calmarlo, pero no siempre, a veces el fuego insiste en seguir y es cada vez más y más, y abarca más y más; el agua ya no alcanza, es tanto el camino que el otro quiere recorrer, que no da a basto, y es normal. En ese momento, el agua es débil, el fuego es el fuerte. Pero los roles en diferentes ocasiones pueden invertirse, de hecho, siempre se invierten, todo el tiempo van cambiando.
 Nada, nunca va a ser como fue al principio, porque cambiar, en tal o cual aspecto, es la vida. A veces el cambio es voluntario, a veces no, pero nunca algo permanece siempre igual, y eso no está mal, ni está bien.

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